En mi vida, en mi mundo, la antipatía natural de los chefs era un artículo de fe. Por eso éramos chefs. Básicamente éramos…mala gente, y por eso vivíamos así, dedicando media vida al trabajo para entregarnos después al pendoneo con otras personas de hábitos similares, emulando una vida normal en el exiguo tiempo que nos quedaba. Nadie nos quería. Nadie en absoluto. ¿Cómo nos iban a querer? Desde el estatus de chef, nos enorgullecíamos de nuestra inherente disfuncionalidad. Éramos unos inadaptados. Sabíamos que éramos unos inadaptados, percibíamos un vacío interior, las carencias de nuestra personalidad, y eso fue lo que nos trajo a esta profesión, lo que nos forjó como éramos.







Deja un comentario